Falsificaciones en la antigüedad.

Los falsificadores y por ende las falsificaciones han existido siempre.

         El más antiguo fraude de que se tiene noticia, lo descubrió Champollion en el siglo XIX, cuando estudiaba los jeroglíficos murales egipcios, al observar modificaciones en ellos a través de raspados o de otras alteraciones, en los cuales el faraón reinante mandaba borrar todas las huellas de derrotas anteriores o bien se apropiaban de las glorias de sus colegas precedentes. Estas operaciones no sólo se descubrieron en murales sino también en monumentos conmemorativos de una primera victoria.

         Se sabe que los griegos clásicos ya tuvieron problemas con algunas raspaduras e interpolación de palabras en documentos, algunas veces meras piedras escritas, y que acudían a los augures para solucionarlos.

         Los primeros romanos también acudían a sus augures para este tipo de problemas.

         Fueron los romanos los primeros que contemplaron la necesidad de la protección jurídica de los documentos con respecto a las falsificaciones. Esto implica que la primera referencia histórica a este respecto se encuentra en el Derecho Romano en la “Lex Cornelia de Falsis” del año 78 aJc., relativa a la garantía de los testamentos, sonde existen disposiciones expresas sobre los signos de alteración (“signum adulterium” D-28,1).

Dentro de esta misma Lex Cornelia, la falsificación de documentos estaba considerada como “gravius et detestabilius homicidio et beneficio”.

         San Pablo (¿? – 66 DC) en una de sus epístolas ya decía que debía ser castigado “qui falsis instrumentis actism espistulis, rescripts scies dolo malo usus fuerit, paena falsis coercetur.”

Suetonio (69 -126 DC) en su libro “Vida de los doce Césares” cuenta que el emperador romano Tito (79 – 81 DC) fue lo suficientemente hábil como para ser considerado el mayor falsario de su tiempo.

         El escritor hispano nacido en Calahorra, Marco Fabio Quintiliano (42 – 120 DC), en el año 88, en su obra más importante “Institutio Oratoria”, recomienda las normas a seguir para descubrir las falsificaciones. No procede aquí hacer una biografía de Quintiliano, pero sí es necesario decir que fue el más grande escritor hispano de esta época.

         Del emperador romano Constantino I el Grande (306 – 337 DC) se sabe que necesitó de los trabajos de expertos en escritura en varios asuntos de falsificaciones.

         Procopio (historiador bizantino del siglo VI), relata que Prisco de Emese, sólo fue descubierto en sus falsificaciones por su propia confesión.

         En el año 539, el emperador bizantino Justiniano en su novela 73 (las “novelas” de Justiniano son los edictos o constituciones de este emperador posteriores a su famoso código “Digesto” publicado en el año 534) hace mención a un error judicial cometido por expertos en falsificaciones.

         En su novela 44, capítulo II recomienda algunas precauciones a fin de “nom ocasionem quibusdam falsitatem committere.”

         El mismo Justiniano en su novela 49 negaba que se pudiera determinar una conclusión judicial únicamente por el examen de una prueba escrita y da medidas para asegurar la autenticidad de las piezas de comparación.

         En el derecho germánico nos encontramos en el artículo 112 de la Constitución Criminal Carolina, la tutela penal de algunos documentos.

         En el derecho italiano medieval antiguo, el delito de falsificación pierde importancia porque entra en vigor el principio “dignior est vox viva testium quam vox mortua instrumentorum.”

         El Fuero Juzgo (Código principal de los visigodos, publicado en el año 654) en el Libro VII, dedica el Título V “a los que falsean escritos” y el Título VI “a los que falsean metales”.

         Tenemos un buen ejemplo de falsificación en España en las Decretales de San Isidoro (fechadas en el año 850). No debemos confundir este San Isidoro, mártir voluntario ante los árabes, que fue decapitado en el año 856, con el más famoso San Isidoro, arzobispo de Sevilla desde el año 599.

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El “headspace” en la fabricación de armas de fuego.

Respecto al desarrollo de presiones y dilatación consecuente de la vaina en el momento del disparo, es obvio que un cartucho introducido en recámara debe quedar firmemente posicionado en forma tal que su culote haga contacto con el plano frontal del dispositivo de cierre de la misma (llámese este cerrojo, corredera, bloque basculante, etc.), a fin de que se realice el disparo con las máximas garantías de seguridad de funcionamiento del arma en el primero y sucesivos disparos y, lo que es más importante, de la propia seguridad física del tirador.

Pues bien, para que dicha obviedad se cumpla, es necesario que durante el proceso de fabricación de la recámara se respeten al máximo las medidas y tolerancias de la cota de fijación del cartucho reseñadas en los planos de ésta. Esta cota, espacio, medida o distancia es la de mayor importancia para el diseño y fabricación del cartucho y, por supuesto, también de la recámara que lo recibe. Dicha cota está definida como la distancia existente entre el plano anterior del cierre (de recámara) y la superficie de apoyo del cartucho.

Los anglosajones llaman headspace a este mencionado espacio o distancia, y lo definen de forma más precisa como “la distancia existente entre el cierre de recámara y la parte de la recámara en la que, por topar en ella la vaina del cartucho, se impide su movimiento hacia adelante”.

El headspace o cota de fijación, que es lo mismo, si bien la mayoría utiliza el término anglosajón, está garantizando la seguridad de funcionamiento de la cámara de combustión que, sabemos, es la combinación de cartucho y recámara. Si dicha distancia se encuentra fuera de tolerancia por exceso, cuanto más exceda la misma, más probabilidades tendremos de fallos de percusión por no golpear correctamente la aguja percutora al pistón; y más probabilidades tendremos de accidentes de explosión del cartucho por rotura de vaina; bien en el mismo culote, bien en su tercio inferior, con los riesgos consiguientes. Estos riesgos pueden ir desde el simple susto hasta serio daño físico al tirador.

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El modelo de Megargee sobre delincuentes violentos.

Uno de los modelos que más investigación ha impulsado en personalidad y violencia, ha sido el propuesto por Megargee en l966. Megargee sugirió que los delincuentes violentos podían dividirse en dos categorías: los sobrecontrolados y los subcontrolados. Según este modelo, la violencia ocurre cuando la instigación a la violencia, mediatizada por la rabia, excede el nivel de control de los sentimientos agresivos o impulsos de un individuo.

Los sujetos sobrecontrolados tienen controles rígidos contra la agresión, raramente agreden física o verbalmente ante provocaciones incluso muy serias; su agresión se va construyendo, se va llenando de resentimiento hasta que explota de cólera por cualquier razón en un hecho de gran violencia (sus víctimas pueden aparecer desmembradas, acuchilladas varias veces o con múltiples disparos); una vez liberada la tensión, el sujeto puede volver a su estado normal de tranquilidad y control. No suelen tener antecedentes delictivos. Son propensos a ser interpretados en los tests de personalidad como sujetos no agresivos y controlados, con personalidad no psicopática y, sin embargo, pueden encontrarse entre los delincuentes con agresiones y homicidios más severos. Así se entiende que jóvenes extremadamente violentos pueden ser diagnosticados en los tests de personalidad como poco agresivos y más controlados que otros jóvenes delincuentes moderadamente agresivos. Esta hipótesis del sobrecontrol demuestra que las variables de personalidad no son en sí mismas suficientes para explicar la violencia, sino que reflejan patrones de desviación o disposiciones que pueden incrementar la probabilidad de conducta criminal pero que no conducen de forma irrevocable a los actos violentos (Blackburn, 1993).

En contraste, los subcontrolados tienen más probabilidad de ser identificados con personalidades psicopáticas y con inhibiciones débiles de la agresión.  Responden agresivamente de modo habitual, incluso cuando la provocación sea mínima; en este caso la violencia desplegada es menor, aunque más frecuente, y puede ocasionalmente matar a la víctima.

Basándose en este trabajo, Blackburn (1971), en un estudio realizado con 56 asesinos internados en un hospital psiquiátrico penitenciario, distinguió las siguientes cuatro categorías elaboradas con el test MMPI: dos de sobrecontrolados (represores sobrecontrolados y depresivo-inhibidos) y dos de subcontrolados (paranoico-agresivos y psicópatas). Los represores sobrecontrolados exhiben un alto grado de control del impulso y de actitud defensiva, bajos niveles de hostilidad, ansiedad y síntomas psiquiátricos; los depresivo-inhibidos se caracterizan por bajos niveles de impulsividad, extraversión y hostilidad interna, y altos niveles de depresión. La clasificación de subcontrolados incluye al grupo de psicópatas con pobre control del impulso, alta extraversión, hostilidad externa, baja ansiedad y pocos síntomas psiquiátricos; y un grupo de paranoico-agresivos que también presentan alta impulsividad y agresión, pero se diferencian de los anteriores en la presencia de síntomas psiquiátricos, especialmente psicóticos.

La posición teórica con respecto a estos grados de control ha sido objeto de debate. Mientras que Bartol (1991) ha sugerido que la baja inhibición de los subcontrolados se corresponde con la proposición eysenckiana de que la conducta antisocial es el resultado de un fallo en la condición de control del impulso (lo que haría referencia a rasgos estables de personalidad), otros autores lo explican en términos de relaciones interpersonales. Blackburn (1993) ofrece un resumen más actual de estas posiciones: mientras que en los grupos de subcontrolados la probabilidad de la violencia se incrementa como resultado de su aproximación hostil y coercitiva en la solución de problemas interpersonales, en los grupos sobrecontrolados aquélla puede ser el último recurso cuando fracasan sus intentos de resolver la situación a través de la sumisión o evitación del problema.

Aunque, como vemos, la original clasificación de Megargee sobre sujetos subcontrolados y sobrecontrolados ha sido refinada y apoyada por la investigación empírica, es bastante poco probable que estas clasificaciones basadas en factores individuales puedan explicar en sí mismas el desarrollo del delito violento (mucho menos su etiología; en realidad sólo muy indirectamente estas tipologías pueden ser consideradas explicaciones causales de la delincuencia). La cuestión sigue siendo por qué ciertos individuos en ciertas situaciones cometen actos violentos como el asesinato, lo que requiere la combinación de factores personales y ambientales, porque como aseguran Cresswell y Hollin (1994) los factores impredecibles del ambiente pueden ser tan importantes en la determinación del número de fatalidades y captura del agresor, como su competencia, motivación e inteligencia.

Disfunciones prefrontales en asesinos.

RAINE y otros (1994) escanearon los cerebros de 41 asesinos, declarados inocentes por enajenación mental (o que incluso fueron incapaces de asistir al juicio). Estos cerebros se compararon con los de 41 personas normales que formaban el grupo control y que estaban equiparados en sexo y edad a los asesinos.        En este caso se utilizó la tomografía de emisión de positrones (TEP) para medir el metabolismo de diversas regiones del cerebro, entre las que figuraban la corteza prefrontal, es decir, la parte más frontal del cerebro. Además, se le fijaron a las personas escaneadas ciertas tareas que activaran su corteza prefrontal. Entre esas tareas fijamos algunas de tipo visual, ya que la visualización requiere que el sujeto preste atención y esté en actitud vigilante durante un período ininterrumpido, y es, precisamente, la región prefrontal del cerebro la que supervisa esta tarea de vigilancia.

Colores cálidos (por ejemplo, rojo y amarillo) señalizan las áreas en las que el metabolismo de la glucosa es alto o lo es la actividad cerebral, mientras que los colores fríos (por ejemplo, azul y verde) señalizan las áreas de baja actividad.

La diferencia más sorprendente entre los dos grupos se halla en la corteza prefrontal. Los sujetos del grupo control muestran mucha actividad, mientras que los asesinos presentan poca actividad en esa región. Por lo que respecta a la corteza occipital, las imágenes muestran una actividad semejante en ambos casos. Éste área del cerebro que forma parte de la corteza visual está activada porque a ambos grupos se les había fijado tareas visuales.

Podemos pensar que una baja actividad de la corteza prefrontal predispone a la violencia por una serie de razones:  

En el plano neuropsicológico, un funcionamiento prefrontal reducido puede traducirse en una perdida de la inhibición o control de estructuras subcorticales, filogenéticamente más primitivas, como la amígdala, que se piensa que está en la base de los sentimientos agresivos.

En el plano neurocomportamental se ha visto que lesiones prefrontales se traducen en comportamientos arriesgados, irresponsables, transgresores de las normas, con arranques emocionales y agresivos, que pueden predisponer a actos violentos.

En el plano de la personalidad, las lesiones frontales en pacientes neurológicos se asocian con impulsividad, pérdida del autocontrol, inmadurez, falta de tacto, incapacidad para modificar e inhibir el comportamiento de forma adecuada, cosas estas que pueden predisponer a la violencia.

En el plano social, la pérdida de flexibilidad intelectual y de las habilidades para resolver problemas, así como la merma de capacidad para usar la información suministrada por indicaciones verbales que nacen del mal funcionamiento prefrontal, pueden deteriorar seriamente habilidades sociales necesarias para plantear soluciones no agresivas a los conflictos.

En el plano cognitivo, las lesiones prefrontales causan una reducción de la capacidad de razonar y de pensar que pueden traducirse en fracaso escolar, paro y problemas económicos, predisponiendo así a una forma de vida criminal y violenta.

Pese a todo lo dicho, no deben confundirse los términos: ciertamente, hay una asociación entre disfunciones prefrontales y violencia, pero esas disfunciones sólo son una predisposición hacia la violencia; se requiere la existencia de otros factores medioambientales, psicológicos y sociales que potencien o reduzcan esta predisposición biológica.

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Los inicios de la Balística Identificativa

La Balística  Identificativa y Comparativa, que está reconocida actualmente como una Ciencia de las que integran la Criminalística, tiene su origen en los Estados Unidos, a finales del siglo XIX gracias a los esfuerzos de Goddard, Walte, Gravelle, Fischer, entre otros, que con su investigación y esfuerzo, consiguieron unas incipientes técnicas que, partiendo de los medios más simples, se han ido perfeccionando, hasta los modernos laboratorios y los precisos aparatos que lo integran.

         En 1835, en los orígenes de la policía británica, Henry Goddard por una protuberancia en una bala, identificó a través de su molde el origen de la misma. Había sin saberlo iniciado un método nuevo de investigación, con la ventaja de ser concluyente.

         Las actas judiciales de Lincoln Assize hablan de otro pionero parecido a Goddard. Este hizo la identificación a través del taco de papel.

         Durante el siglo XIX los dictámenes de los armeros y demás especialistas en armas de fuego, estaban basados si tal o cual arma podría disparar, si la carga era delantera o trasera, área de dispersión de los perdigones, si eran capaces de alcanzar un blanco a esa distancia, etc., eran simples opiniones carentes de rigor científico.

         Es el profesor de Lyon (Francia) Alejandro Lacassagne (1889) el que estudia por primera vez las siete estrías de un proyectil extraído del cadáver de una persona asesinada.

         Otro pionero, el polifacético médico de Berlín, Paul Jeserich realizó fotografías del proyectil extraído del cuerpo y del arma intervenida y los miró ambos con el microscopio, percatándose de los resaltes y de las estrías.

         Es de señalar la preocupación judicial iniciada en aquella época sobre estos temas. Como botón de muestra vale el libro de Hans Gross, “Manual del Juez de Instrucción”, que dedica un capítulo enero de su obra al estudio de las armas de fuego. Recomendando a los Jueces de Instrucción realicen estudios de balística.

         En la escalada de científicos en busca de una respuesta a la pregunta si el arma intervenida al sospechoso ha sido la que ha disparado el proyectil causante de la muerte, o lo que es lo mismo, que es lo que caracteriza el cañón de un arma, destacan hombres como el citado Jeserich, que recuperaba los proyectiles disparando en cestos de algodón y Richard Kockel (1905, Director del Instituto Forense de la Universidad de Leipzig), que fue luchador de una tendencia universalizante para la Medicina Legal, estudió trayectorias disparando contra láminas de cera y óxido de cinc.

         Hasta llegar a la primera semilla de la balística Forense gracias al francés Balthazard (1912), profesor de patología forense, que publicó dos artículos:

                   – Identificación de proyectiles de armas de fuego.

                   – Identificación de casquillos de pistolas automáticas.

         Cita las lesiones producidas en la vaina por el percutor y la pared trasera de cierre y la uña extractora, así como en la bala el rayado del cañón. No identificaba por el macizo o campo.

         En el año 1913, el profesor de patología forense, Balthazard, observó que cuando un arma de fuego era disparada, el cañón y los sistemas de disparo podían dejar su impronta en los diferentes elementos del cartucho, y advirtió que, incluso en una fabricación en serie y con el mismo utillaje, su aspecto variaba hasta el punto de permitir la identificación. Los métodos entonces propuestos hoy nos parecen ahora incompletos y rudimentarios, pero eran suficientes en una época en que una fabricación  menos precisa y rudimentaria traía consigo particularidades de importancia.

         En aquellos momentos Balthazard identificaba los proyectiles (con independencia de los estudios dedicados a los otros elementos del cartucho) únicamente por las señales debidas al rayado del cañón y no tenía en cuenta las producidas por los macizos o campos, que, no obstante, se graban mucho mejor y, sobre todo, con más fidelidad. Son preferibles estas últimas, pues se encuentran en todos los casos, a despecho de las ligeras variaciones de los diámetros de los proyectiles, debidas a las tolerancias de fabricación y de la dureza de la envuelta y núcleo de la bala. Por ello, mereció las críticas de Cesir y Gennouceaux, pues las referidas tolerancias, tienen demasiada influencia en la cantidad y naturaleza de las impresiones marcadas en los proyectiles. Actualmente, se da más importancia a las improntas dejadas por los macizos o campos que a las señales dejadas por las estrías o rayas. Desde aquel año y con la memoria elevada al Congreso de Medicina Legal de París, se viene admitiendo en los tribunales de todo el Mundo, como prueba científica, y, sobre todo, como inestimable ayuda para la investigación policial, los dictámenes de los peritos balísticos.

         Antes de los trabajos de Balthazard, el examen se refería únicamente al proyectil y los armeros llegaban muy raras veces a una conclusión cierta. En aquellos casos, se necesitaba que el arma tuviese un defecto muy marcado.

         Un crimen fue causado por una bala que presentaba un surco, Renette consiguió identificar el arma que había disparado esa bala. El surco era causado por el punto de mira.

         El doctor Rechter y el teniente coronel Mage estudian sobre identificación de proyectiles y vainas. Es el inicio de la moderna técnica. Analizan los efectos de la recámara sobre el cartucho.

Así, en el estudio de M. Gastine Renette, existía un surco profundo en un proyectil de plomo, causado por la extremidad del punto de mira, clavado tan profundamente en el cañón que rebasaba la superficie interna de éste

Fuera de estos casos excepcionales, los expertos lograban como máximo observar una concordancia de las características de clase; calibre, número y anchura de rayas. Absolutamente incapaces de diferenciar dos armas del mismo tipo, se veían obligados a formular conclusiones con reservas del tipo de la siguiente:

“El proyectil ha sido disparado por el arma recogida del lugar de los hechos (o incautada al inculpado) o por otras semejante”, lo que no resultaba muy útil para la investigación.

         Cierto es que con anterioridad se habían realizado identificaciones, pero sólo por el taco, gracias a los restos de papel que se le pudieran intervenir al sospechoso.

         En 1922 el neoyorquino Charles E. Waite, después de un laborioso trabajo de cinco años, poseía datos exactos, sobre todos los tipos de armas producidos en los Estados Unidos desde mediados del siglo XIX. Dio como resultado, el descubrimiento asombroso, de que ¡no existía ni un solo modelo de arma que fuese exactamente igual a otro!

         Podía averiguar Waite la procedencia de cualquier proyectil si había sido disparado por un arma americana. Esto lo consiguió:

                   1º. Midiendo el calibre en fracciones de milímetros.

                   2º. Por la dirección de las estrías.

                   3º. Contaba y medía las estrías y los campos intermedios.

                   4º. Medía el ángulo de torsión de las estrías.

         Esto no era suficiente había que llegar a una identificación más completa similar a la de las huellas dactilares. Waite conocía el proceso de fabricación de las armas. Así el cañón era fabricado y pulido en un bloque cilíndrico de acero y el estriado era producido por una cortadora automática de acero durísimo, que por muy perfecto que fuese, nunca sería posible fabricar dos armas exactamente iguales.

         Con la idea de realizar estudios científicos se creó el primer Laboratorio Forense de Balística en Nueva York, “Bureau of Forensic Ballistics”. Junto con Waite, trabajaban Fisher y Gravelle.

         Fisher diseñó el helixómetro; servía para inspeccionar el cañón de un arma de fuego; y el microscopio calibrador, que medía estrías y campos y la orientación de las curvas.

         Gravelle (1925) dio un paso decisivo en balística al inventar el “microscopio comparativo”.

         El microscopio comparativo es un instrumento que permite ver dos objetos, en este caso balas o vainas, en una sola imagen y a un aumento considerable.

         Gravelle, con un ingenioso dispositivo óptico, unió dos microscopios, cada uno de los cuales servía para observar un proyectil. La insuficiencia de la memoria, quedaba así subsanada, pudiendo por tanto examinar a la vez dos proyectiles, uno junto al otro, logrando que ambos girasen, de modo que se pudieran contemplar con toda detención las coincidencias o las diferencias irrefutables.

         El tercer colaborador de Waite fue Calvin Goddard, Doctor en Medicina, llevaría la Criminalística científica a las más altas cotas.

         Goddard demostró que toda arma de fuego dejaba marcadas en los proyectiles unas señales características, con valor identificativo igual al de las huellas dactilares. También halló características en el culote de las vainas. Así como convenció que se podía crear una balística forense basada en principios de ciencia exacta.

         Goddard esclareció por medio de la balística forense la matanza ocurrida el día de San Valentín el 14 de febrero de 1929; las pruebas balísticas, que resultaron innegables, fueron posteriormente confirmadas en 1961 por los científicos Weller y Jury.

         En 1929, Goddard fundó un gran laboratorio nacional dedicado a la Criminalística científica, “Scientific Crime Detection Laboratory”. En cuatro años investigó 1.400 casos de armas de fuego.

         El salto a Europa se produce a través de Gran Bretaña, donde se afianza a partir de un espectacular juicio, celebrado el 23 de Abril de 1928, donde se presentaron pruebas balísticas concluyentes al Tribunal, después de comparar, examinar y dispara cerca de 1.300 armas similares a la que se había encontrado en poder del principal sospechosos, y que sirvió para declarar un veredicto de culpabilidad.

         El éxito alcanzado en dicho juicio, se difundió rápidamente por las capitales europeas, contribuyendo a la creación de laboratorios de balística en Lyon, Oslo, Berlín, Moscú y otras ciudades del mundo.

         En todo el mundo se extendió una preocupación científica por la Balística Forense, destacando entre otras personalidades como la de Söderman en Suecia; en Francia el citado Balthazard y Locard; en Rusia, Suskin y Matweiev; en Alemania Brüning, Kraft, Mezger y Waixenegger; G. Rechter (1920) se hizo cargo de la dirección de la recién fundada “Ecole de Criminologie et de Police Scientifique” en Bélgica; en Egipto (1917) el Director del Departamento forense del Ministerio de Justicia, Sydney Smith, estudioso de los temas de Criminalística, poseía los mejores laboratorios forenses del mundo, aunque ignorados por todos los países, hasta que publicó el libro “Forensic medicina and Toxicology” basado en el microscopio comparativo.

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La reseña física de Olóriz

Federico Olóriz Aguilera (1855 Granada – 1912 Madrid) ingresa con 16 años en laFacultad de Medicina de la Universidad de Granada. Tras licenciarse, trabaja en el Hospital de San Juan de Dios, donde llega a director, al tiempo que desarrolla sus investigaciones sobre anatomía, que le llevarán a ocupar la cátedra del área en la Universidad Central de Madrid. Allí mantiene contacto con figuras reconocidas como Ramón y Cajal, pudiendo trabajar en campos como la antropología (estudia el índice cefálico en España) y el tratamiento del cólera. Pese a haber dedicado gran parte de su vida profesional a la ciencia pura, es una aplicación técnica la que encuentra mayor resonancia, al desarrollar una técnica pionera de dactiloscopia (identificación por huellas dactilares), que hoy es la base de la formulación dactiloscópica en Europa.

         Su reseña física (retrato hablado) consta de tres grandes puntos:

1º) Retrato de conjunto.

2º) Retrato de detalle.

3º) Procedimientos de descripción.

1.- RETRATO  DE  CONJUNTO:

Aunque la fisonomía estudia fundamentalmente el rostro del individuo, las técnicas de descriptiva personal deben abarcar todo el cuerpo humano, si bien en las zonas cubiertas por prendas de se dificulta notablemente la apreciación de las características físicas.

En la descripción de conjunto del individuo se debe comenzar por las características corporales:

1.- Sexo, raza, peso, talla, edad y clase social aparente.

2.- Corpulencia, complexión, perfiles, gestos, locomoción, etc.

3.- Deformaciones, desproporciones y defectos.

A continuación se pasa al estudio de las características faciales:

1.- Características individualizadoras (señales, marcas, etc.).

2.- Estudio global del rostro:

Se comenzará el estudio de conjunto siguiendo las reglas de proporcionalidad establecidas por Leonardo Da Vinci, denominadas comúnmente como “Bandas de Leonardo”.

Las Bandas de Leonardo dividen el rostro en tres bandas horizontales:

² Frontal.- Es la banda superior, desde la inserción frontal del cabello hasta la raíz nasal.

² Nasal.- Banda media, que comprende desde la raíz nasal a su base.

² Buco-mentoniana.- Es la inferior, abarca desde la base nasal al extremo inferior del mentón.

Según las reglas de proporcionalidad, hay tendencia a que las citadas bandas sean de alturas univalentes, abarcando cada una de ellas aproximadamente un tercio del rostro.

Seguidamente conviene fijarse en la zona central del rostro y más concretamente en el denominada “Área de Penry”.

¦ Área de Penry:

• Es la zona delimitada por un triángulo invertido, cuya base se sitúa sobre de las cejas y el vértice coincide con el extremo del mentón.

• Abarca: Cejas, ojos, nariz, boca, labios, mentón y parte de las mejillas.

• Excluye: La cola de las cejas y las comisuras labiales.

2.- RETRATO  DE  DETALLE:

Se refiere a la descripción minuciosa de las distintas partes del rostro, una vez que ha terminado el examen de conjunto.

Tiene mucha importancia policial en el campo de la investigación. El estudio de detalle comprende el examen de:

• La piel.- Solo se observa la piel de la cara, particularmente la de las mejillas. Se estudia su color (pigmentación), blanco, negro, latino, árabe, malayo, amarillo, moreno, pecosa, con gra­nos, cicatrices, etc.

• El cabello.- Color, naturaleza, abundancia, calvicies (total o parcial), hábitos de peinado, mechas, tintes, peluca, suciedad, limpieza, etc.

• Las cejas.- Su naturaleza, abundancia, dirección, simetría, color, particularidades, etc.

• El bigote, barba y las patillas.- Aunque de valor relativo, interesa fundamentalmente si es barba cerrada, color, barbilampiño, si la mujer es velluda, tipo de patilla y bigote, etc.

• La frente.- Interesa su altura, anchura, forma, y particularidades. Para observar su perfil se comienza siempre por el lado derecho. La frente puede ser: abollada, abombada, con seno frontal, fosa frontal, etc.

• El ojo.- Interesa el iris, su color y particularidades. Si hay o no estrabismo, si presenta ojos macedónicos, la pupila, etc. Las pestañas, su tamaño, etc.

• La nariz.- Nomenclatura de sus distintas partes (raíz, dorso, lóbulo, base, aletas, tabique y ventanas). La forma de la nariz, su dorso cóncavo, convexo, rectilíneo o angular. Si las dimensiones son las de altura, saliente, anchura. Si el lóbulo es afilado, grueso, en porra, bilobulado, desviado, etc. El tabique si es descubierto (cuando queda bastante visible por ser muy cortas las aletas).

• La boca.- Sus dimensiones, bordes, grosor, abertura y variedades. Así por ejemplo, grande, pequeña, apretada, abierta, de comisuras altas o bajas, de oblicuidad izquierda o derecha, etc.

• Los labios.- Su prominencia, bordes, grosor, surco y particularidades. Así, surcado, remangado, pendiente, agrietado, leporino, etc.

• El mentón.- Reparando en su inclinación, altura, anchura y particularidades. Así, lobulado, con fosita, saliente, entrante, etc.

• Las arrugas.- Solo se tienen en cuenta las muy pronunciadas por efecto de la gesticulación. Principalmente se citan las de entrecejo, frontales, lacrimales, temporales, cuello, etc. Se incluyen los hoyuelos, más frecuentes en la mujer que en el hombre, y las señales y marcas.

 • Señales particulares.- Lunares, anteojos, verrugas, tatuajes, cicatrices, leucodermias, marcas congénitas y adquiridas.

• La oreja.- En la oreja se estudian:

– Relieves:

• Hélix.

• Antihélix.

• Lóbulo.

• Trago.

• Antitrago. – Depresiones:

• Fosa navicular.

• Foseta digital.

• Concha.

• Canal intertragiano.

– Dimensiones.- Puede ser: Grande, pequeña, estrecha, ancha.

– Forma y disposición: Triangular, rectangular, oval, redonda, vertical y oblicua.

– Separación respecto del cráneo: Adherida total, separada superior, posterior o inferior. — Soplillo (tán tan separadas que se doblan hacia adelante)

3.- PROCEDIMIENTOS  DE  DESCRIPCIÓN:

• La toma de datos se hará a la mayor brevedad, cuanto más tiempo pase peor, pues se olvidan detalles que pueden ser fundamentales.

Se obtendrán los datos de cada informante por separado, procurando que no se comuniquen entre ellos para evitar que unos influyan en otros.

• Se empezará preguntando por el relato de los hechos, sin ir directamente a la descripción de individuo, para que vayan rememorando poco a poco.

• Cuando llegue el momento de la obtención de datos del individuo se preguntará primero por aquello que más llamó la atención del informante

• Cuando termine el informante se volverá a preguntar los datos pero ahora de forma sistemática, comenzando por el retrato de conjunto y terminando por el de detalle.

• Establecer referencias a la hora de preguntar, con nosotros mismos por ejemplo, para contrarrestar la tendencia que tienen, víctimas y testigos, a magnificar las dimensiones del individuo a identificar.

• Hay que dirigir la obtención de datos pero hay que tener cuidado con no inducir, sobre todo en los casos en los que creemos haber reconocido a la persona descrita a través de los primeros datos aportados.

Para plasmar gráficamente los datos obtenidos en la descripción personal se utilizan diversas técnicas que se pueden clasificar en:

3.1. Procedimiento directo:

Consiste en hacer un dibujo de la persona descrita directamente sobre un papel, con los datos obtenidos del informante. El especialista debe ayudarle haciendo las preguntas apropiadas para sistematizar la descripción.

Este es el caso del “retrato robot”.

3.2. Composición:

La imagen se obtiene mediante la reconstrucción a base de series de piezas de las que se dispone previamente. Se dispone de distintos tipos de frentes, narices, bocas, mentones, orejas, etc.

Según los datos aportados, se seleccionan las piezas que más concuerdan y con la reunión de todas las piezas se compone una imagen lo más parecida posible a la persona descrita.

Según que el banco de piezas sea a base de dibujos o de fotografías están:

• Identi-kit.- La composición se hace a base de dibujos.

• Foto-kit.- Las piezas están extraídas de fotografías.

3.3. Procedimiento mixto

En este procedimiento se parte de un banco de piezas confeccionadas (como en el caso anterior). Una vez compuesta la imagen se hacen las modificaciones necesarias hasta conseguir el retrato.

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